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Cuenca después de Cuenca / PDF
SUPLEMENTO
"CUENCA DESPUÉS
DE CUENCA"

PDF (280kb) SUPLEMENTO CUENCA /PDF
 
El centro de Cuenca se va desplazando de forma lenta pero progresiva a la ciudad baja, que conoce importantes transformaciones urbanísticas, apareciendo edificios singulares como el Palacio de la Diputación
 

CUENCA DESPUÉS DE CUENCA

Cuenca antes de Cuenca, ya merecía ser declarada Patrimonio de la Humanidad, porque la naturaleza en las eras secundaría y terciaría conformó las hoces con sus ríos todavía sin nombre, como la propia ciudad, yerma en medio de dos abismos. A lo largo de muchos cientos miles de años, se gestaron el relieve, el clima, la vegetación y toda la fauna de la que sólo quedan sus restos, petrificados, y la paradoja de lo que hoy es sierra antes fue agua y fosa marina. Así llegamos a la era cuaternaria, cuando ya más sosegado el territorio, aparecen los primeros pobladores ocasionales depredadores, cazadores y pescadores, o los primeros recolectores, al abrigo de las cuevas por las márgenes de un río verde todavía innominado. Algunos restos aislados al construir el actual Palacio de Justicia, en la cuesta de Escardillo, nos informan sobre las gentes que construyeron los primeros poblados en cerros altos y las primeras “Ciudades” Ibéricas cercanas como Altea, Segóbriga o Lobe???????.
Cartagineses y sobre todo romanos y visigodos reforzaron y crearon nuevas ciudades: Valeria, Segóbriga, Ercávica. Y surcaron de calzadas y puentes las cercanías del solar de lo que luego sería Cuenca. Ni siquiera las vías secundaría entre Valeria, Egelasta y la zona de la Serranía discurren por este espacio todavía virgen en el que quizás sólo se adentrasen los chamanes, antepasados de San Julián. Con la ocupación musulmana (s.VII al XII) se produce una nueva situación geopolítica y se reorganiza el espacio: viejas ciudades como Valeria o Segóbriga van a desaparecer y es entonces, cuando, debido a su emplazamiento defensivo al comienzo de la Serranía, nace Cuenca.

Cuenca se hace Cuenca (s. XII-XVI).
Los musulmanes la eligen como ciudad fortaleza y la organizan entre las defensas naturales de las hoces, las murallas, el castillo y el alcázar, las casas se adaptan a la topografía y Cuenca desarrolla su función fuera de los caminos romanos, que todavía servían de penetración militar, transporte y comunicación económica entre Andalucía y Levante.
La vida económica da los primeros pasos de los que después va a ser norma: se asienta en la explotación ganadera y maderera en torno a la serranía, en la agricultura y en una industria textil que comienza a despuntar.
La conquista de la ciudad por Alfonso VII en 1177, marca el inicio de su principal rasgo, la creación de la ciudad cristiana que se superpone a la ciudad musulmana y la amplía en sus conceptos jurídicos con el Fuero de carácter repoblador:
“Concedo también a todos los pobladores esta prerrogativa que cualquiera que vaya a vivir a Cuenca, sea de la condición que sea, esto es, cristiano, moro o judía, libre o siervo, viaje con seguridad y no responda ante nadie por razón de enemistad, deuda, fianza, herencia, mayordomía , ¿??????ni de cualquier otra cosa que haya hecho antes de la conquista de Cuenca...” (A. VALMANA, El fuero de Cuenca”. Edit Tormo. Cuenca, 1977.
La Catedral sobre la mezquita, y el traslado de la antigua orden episcopal y probablemente también de los Populi valerienses inician la marca del poder eclesiástico, que siempre hasta hoy, formará parte del paisaje de la Ciudad.
Entre las “700 personas, hombres de guerra, mujeres y niños” citados en 1172 por el historiador Sahib Al Sala y las 6.000 de fines del XV, Cuenca ha conocido su expansión económica y demográfica: la población cristiana, mayoritaria se organiza según su estatus social en torno a parroquias con barrios nobiliarios como San Pedro o a pequeñas parroquias populares, como San Martín y San Miguel; la población se se articularía en torno a la sinagoga bajo la actual plaza de Mangana y los arrabales adyacentes, y la población mudéjar, también minoritaria, como la judía alrededor de las actuales calles de la Moneda y retiro. Esta convivencia fructífera se quiebra en 1492 con la expulsión de los judíos, que cristianiza más, si cabe, la ciudad, introduciendo además un factor de discordia, con la situación de los conversos y la implantación de una sede de la inquisición en la ciudad.
La situación política del momento favorece a Cuenca que se afianza como un importante centro de industria textil, burocrático y religioso, llagando a los 15.000 habitantes del s.XVI. Esta expulsión favorece el fortalecimiento de importantes casas nobiliarias -Mendoza, Albornoz, etc, -y es el origen de una incipiente burguesía, del incremento de las clases populares y posibilita que conquenses ilustres como Alonso de Ojeda, tengan un importante papel en la aventura americana o que Alonso Valdés sea figura importante en la cultura del Renacimiento.
Miguel Ángel Troitiño, un excelente, un excelente estudioso de la geografía histórica de Cuenca, señala como el casco histórico el afianzamiento de la Nobleza y el poder eclesiástico se hace más evidente: a las 19 parroquias existentes, se unen el Palacio Episcopal, varios conventos, colegios y el Tribunal del Santo Oficio, el puente de Sanpedro es una de las obras más importante de su tiempo.
Mientras tanto, la ciudad comienza a rebasar sus murallas, nacen las áreas populares de San Antón y Tiradores y en torno al camino real surge la Carretería, que comienza a aglutinar a la burguesía incipiente.

Cuenca se traslada a Cuenca (s. XVII-XX).
La decadencia de la ciudad de Cuenca comenzó en el s. XVII, derrumbándose la industria y la ganadería, con el consiguiente bajón demográfico. Además las distintas guerras del s XVII agravan las dificultades económicas y las crisis de subsistencia, como la conocida del motín del Tío Corujo, en la puesta de Valencia, inolvidablemente descrita por Miguel Jiménez Monteserín, el gran estudios de Cuenca en la edad moderna.
La guerra de la independencia, las guerras carlistas, la desamortización propician el peor momento para el patrimonio urbanístico de la vieja ciudad, produciéndose la ruptura definitiva del antiguo sistema defensivo, derivándose lienzos de murallas y puertas.
La vida empieza a huir del viejo caso por disfuncionalidad del emplazamiento defensivo y el proceso de deterioro ante la apatía ciudadana y la inoperancia de los poderes públicos.
El centro de Cuenca se va desplazando de forma lenta pero progresiva a la ciudad baja, que conoce importantes transformaciones urbanísticas, apareciendo edificios singulares como el Palacio de la Diputación. Llega el ferrocarril y crecen los arrabales de San Antón y Tiradores, así como los anexos de los cerrillos de S. Agustín, San Roque y Los Moralejos; se urbanizan las huertas del Huécar y la ciudad cruza el ferrocarril, debido al ligero despertar económico que produce el reforzamiento administrativo de la capitalidad.
El viejo casco languidece, se clericaliza su espacio urbano, el hundimiento del puente de San Pablo y del de la torre de la catedral da buena muestra del estado lamentable del patrimonio a finales del XIX y principios del s.XX..
La descripción de D, Pio Baroja no deja lugar a dudas: “Cuenca tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco o seis ermitas y la Catedral. Con este cargamento místico, no era fácil que pudiera moverse libremente...” “La (zona) de Carretería era progresista, la ciudad alta era perfectamente reaccionaría, perfectamente triste, estancada, desolada y levítica...).
La ciudad alta, aunque conservaba algunas funciones administrativas, se convirtió en un espacio residencial popular y marginal; a mediados de los años cincuenta el desplazamiento definitivo de la ciudad era un hecho. Sólo determinadas festividades -Semana Santa, vaquilla de San Mateo- la población “viajaba” a la parte alta.
El desplazamiento definitivo de la ciudad a la parte baja se produce por la instalación de los servicios de la capitalidad provincial en torno al Parque de San Julián, y la consolidación de la carretera de Valencia como Polígono industrial y zona residencial. La creación de nuevos espacios diferenciados como los del Pinar de Jábaga, el Santo del Jucar en la fuente del Oro, o las nuevas urbanizaciones cercanas a pueblos como Villar de Olalla o La Melgosa han roto el esquema funcional de la vieja ciudad histórica, dando lugar a la estructura urbana difusa actual que plantea un importante reto a la hora de reunir a todas las Cuencas, incluidas las de sus pedanías, como Tondos.

Cuenca después de Cuenca (s.XXI).
Antonio Saura y Millares, pintores bien representados en el Museo de Arte Abstracto, coinciden desde sus propias visiones en la figura histórica de Felipe II, como la de “ese monarca enlutado y funesto, representante del pesimismo, uno de los síndromes más carismáticos y profundos, del subconsciente colectivo español”. (Javier Maderuelo, El País, Arte, 30 Julio 94).
Acercándose de nuevo al noventa y ocho y el s. XXI, me vienen a la memoria las estampas de la España negra y de sus intempestivos heraldos, tan de moda en este momento. No es coma, pues, casualidad que circule por estos días un libro negro sobre la marginación de Cuenca, que no recoge otra cosa que el cabreo de muchos vecinos si fuese político prestaría mucha atención a los problemas que ha provocado la aparición del libro, porque tantos conquensese no se pueden equivocar. Nos jugamos el futuro de nuestros hijos, pero por eso mismo no me gustan para mi ciudad de fines del siglo los tintes apocalípticos no bimilenaristas, no podemos dar por buena aunque tengamos muchas razones, “la realidad como pesadilla insoportable y el sueño como utopía imposible”.
No entiendo nada de “Cuenca industrial”, la Cuenca que yo conozco, en la que vivo, es la “antigua” y me parece que ha llegado el momento de que aprovechemos algo de ella y su paisaje, de su imaginación que desde la era secundaria tomó aquí su asiento. La “Ciudad del pasado” va a mejor, son muchas las iniciativas desarrolladas en este sentido por diversas corporaciones y diversos gobiernos, no las vamos a enumerar aquí, porque son del dominio de todos; el camino emprendido es bueno y la Ciudad “alta” bien puede ser declarada de la Humanidad. Pero no olvidemos transformar en el mismo sentido, la otra Cuenca, la que marginó a la que ahora se recupera, porque los ciudadanos de Cuenca somos sus principales y primeros usuarios; la ciudad “alta y baja” debe ser habitable como primera premisa para nosotros mismos, ya que la humanidad no podrá visitarla si no quedamos conquenses.

Mi Cuenca favorita.
Mientras oigo “Cathedral song” de Tanita Tikanan pienso en mi Cuenca favorita arropado por la luminosidad mística que las nuevas vidrieras han aportado a nuestra Catedral.
Mi Cuenca favorita no es la de los Carrillos, ni la de los Albornoces, es la del “Licenciado Vidriera”, o la de Enriquez Gómez, el poeta converso conquense que asistió en Sevilla a su propio “Auto de Fe” en efigie; mi Cuenca favorita no es la de Julián Romero, ni la de los otros héroes de las leyendas, prefiero el Don Diego de la Cruz de los Descalzos y el final que Enrique Togal dio a su obra: ¡recien pintado!, mi Cuenca favorita no es la de los funcionarios flotantes que aterrizan para cumplir ordenes desde la flamante capital autonómica, es la de ciudad de recupera a los artistas, que nombre a Pacheco gobernador Civil y a J. Vicente Patón, Delegado de Cultura; mi Cuenca favorita no es sólo de la “ruta de los bares”, es la de los dinosaurios, la del idolo de Chillarón, la de los dados romanos, la de Catibelo, la del diptico bizantino, la del tenebrario, la de las alfombras de nudo turco o español, la del báculo de San Julián, la de las cajas de cerillas de rueda, la de la sala blanca con sus móviles y sus “cuatro cuadros de la misma naturaleza” y la de la ermita de San Isidro, cementerio e isla de San Barandán; mi Cuenca favorita no es la de los atascos de coches, sino la de los paseos solitarios, o acompañado, por arriba o por debajo de Palomera, donde destaca una señal única: ¡gente paseando!; mi Cuenca favorira es la de toda la Semana Santa y el día que salgo con mis hijos en mi Paso; mi Cuenca favorita no fue nunca El Ofensiva, sino El Banzo y la revista Moaxaja y el cultural del día de Florencio Martinez...; mi Cuenca favorita es la que consume como única droga la musica del recien estrenado Auditorio o la de la Banca Municipal en las tardes veraniegas del Parque San Julián o la del futuro que hace Antonio Alcazar, con las ondas Martenot y la electroacústica...
Decia Rilque que nuestra patria es nuestra infancia, pero Boadella dice que “ser de aquí o allá es un mero accidente sexual”. Quizás, Cuenca no sea mi patria, pero es una ciudad en la que me siento a gusto. Me parece , además, después de haber visitado muchas otras del mundo, que aunque no sea tan única como el tópico dice es mucho más que otras amada por poetas o por artistas, aunque tan maltratados sean aquí y mucho dice en su favor.
Si tiviese que reunir en una imagen porque Cuenca debe ser declarada Ciudad Patrimonio de la Humanidad sería la de un atardecer o amanecer, asomado a los múltiples balcones naturales que la ciudad posee y contemplar desde allí la Hoz de Huecar, con sus viejas huertas en terraza en las que se alinean en perfectas “tablas” los mejores monumentos conquenses: pepinos, tomates, lechugas, judías verdes, patatas, calabacines, flores, verdadero Patrimonio y tesoro de la Humanidad, que seguirán siendo cultivados con amor por jardineros galácticos cuando Cuenca vuelva a no ser Cuenca.
A lo mejor tenía razón Saura, cuando hace cinco años que escribía en el País un artículo replicando la aparición de un libro que situaba el Edén en Santander; con plena ironía defendía Saura que el Paraíso Terrenal sólo podía estar en Cuenca, con los dos ríos rodeando la ciudad:
“Y plantó el Señor un jardín donde colocó al hombre que había formado. El señor hizo brotar de la tierra toda clase de árboles de hermoso aspecto y de frutos buenos para comer y en el medio del jardín el árbol de la Vida, y el Árbol del conocimiento del Bien y del mal. Del Edén salían los ríos que regaban el jardín....”el Jucar y el Huecar. (Genesis 2.8).

Santiago Palomero Plaza.
Conservador del Museo Sefardí de Toledo.


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